Era 1996. Hacía calor, y yo estaba con una mujer Violeta, haciendo la cola interminable del Coppelia, para unas pocas bolas de helado del mismo color, del mismo sabor, huecas… Cuando vinieron ellos.
Era una pareja extranjera, alta y blanca, de narices y orejas grandes, que se pusieron detrás de nosotros en la cola, desconociendo ellos que estaban en la cola equivocada, sabiendo yo que nosotros sí estábamos en la cola correcta que nos correspondía, la de moneda nacional, la que sin poder elegir nos estaba predestinada.
Luego nos tocó el turno, la hora, el minuto aquel en que, sin tener opción, te sientan en una silla de hierro a cuadros blancos, alrededor de una mesa cuadrada, y coja. Tuve la suerte entonces de que las otras dos sillas fueron para los extranjeros, clandestinos de un sistema que les prioriza. De esa forma, entablamos con ellos una conversación mucho más interesante que los periódicos del país; tanto, que nos expulsaron del Coppelia por morosidad alimentaria, por hacer bulto, por no entregar las sillas a otras personas. Pero continuamos hablando frente al cine Yara, de todo, de política, de arte, de fotografía, de las vacas de Argentina, porque ella, la extranjera, era una mujer de Argentina, esposa de él, mi amigo francés.
Al día siguiente, les hice montar en una guagua atestada de gente hacia la playa, para que supieran eso de vivir Cuba de verdad. Por supuesto que me lo agradecieron. Las aventuras tienen esa dosis de exotismo y riesgo. Es lo que hace que luego las vacaciones se puedan contar a los amigos con mayor entusiasmo. Hubo fotos, mar, y arena. Más tarde, regresamos en taxi.
Al otro día nos vimos otra vez. Les enseñé La Habana, el ron, los tabacos. Ya saben, los tópicos predilectos del sistema, tópicos que nos inyectan como inyectan la política, como la particular gratis publicidad que entrega cada cubano al universo. Y así, hasta que se fueron. Pero él prometió regresar para hacer un trabajo de fotografía a los coches cubanos, los viejos coches capitalistas de la década del 50, aquellos cadáveres mecánicos que no se mueven por magia, sino por embrujo.
Era 1998. Hacía calor, y yo aún estaba con una mujer Violeta. Mi amigo francés regresó con todo el arsenal fotográfico, todo lo que hacía falta para tomar fotografías profesionales, trípode, negativos, baterías, diapositivas que parecían placas de hospital. Fue cuando conocí la Habana de verdad. Caminábamos como burros, cazando carros viejos americanos, en las peores y mejores poses posibles. A veces con alguna bicicleta en movimiento y de fondo un Ford, otras con alguna negrita flaca víctima desatendida del disparador y de fondo un Chevrolet. Yo era el encargado del trípode. Él era el encargado de sacar la foto perfecta. La Habana se nos quedó pequeña y nos fuimos al campo, Artemisa, Bauta. A veces con alguna palma como estaca atravesando un Pontiac, otras con alguna sonrisa natural de campesinos y otro Ford moribundo, sin ruedas. Las fotos vivas no tenían nada de romántico, pero sí de una esperanza mustia, unos sueños a los que les faltaban algunos dientes.
El premio a tanto caminar eran unas cenas espectaculares que aún no sé de dónde salían. Así conocí a la señora langosta, que me sentó mal. A cada mordida imaginaba un barrote de cárcel transformado en antena, un colchón mugriento transformado en panza blanda y rica. Los cubanos no podían comer semejante manjar, los extranjeros sí. Pero bueno, siempre quedaba el ron. Una noche nos tomamos entre todos como doce botellas. Claro que estaba mi familia, y él, el francés, que poco a poco se convertía en un hermano, y tomaba ron como un condenado, además.
Año 2000. Como escuché decir a otro amigo, el comienzo de los años ceros. Una suerte de espacio temporal definido o definitorio, o indefinido. No lo sé. Acaso toda la historia última de Cuba es un inmenso agujero por definir. Sería el estar o el no estar. Una brecha en la conciencia, un reordenamiento de las fichas del dominó nacional. Y por no estar, ya no estaba la Violeta que se había ido a Italia para no regresar. Entonces yo sí estaba con otra mujer. Estábamos. Hasta que llegó una carta de invitación para viajar a Francia.
Entonces fue cuando conocí a la Habana de verdad. Hacía en un día varios viajes entre Marianao y Centro Habana y Miramar presentando papeles en inmigración, en la embajada francesa, soltando el Money, el Dinero, la Pasta, que me era prestado. Conocí a la envidia con ojos de carnero decapitado en la cara del jefe inmediato que tenía que firmarme la carta de salida. Conocí a la maldad personificada en un hombre que me hizo la guerra bacteriológica, añadiendo lactobacilos a mi vida, metiéndome en la espalda certeras y afiladas mentiras. Tanto así, que Manu, el francés, me envío una segunda carta de invitación, la primera había expirado como expiran otros. Para entonces ya me sabía la Habana de memoria.
Dejé de estar el 18 de Noviembre del año 2000. Dos días después visitaba como un turista arrepentido las oficinas de Welcome Byzance, al amparo de la amistad inigualable de Manu, el francés.
ACRey.